domingo, 25 de octubre de 2026

Francesca

Llegás a nuestras vidas cuando ni el tiempo, ni la naturaleza, ni los cálculos humanos parecían anticipar la posibilidad de tu existencia terrenal. Y, sin embargo, aquí estás, empeñada en nacer, desafiando todo lo establecido.

Sos un regalo de Dios para este mundo, creada con la fuerza del universo.

Hace mucho tiempo habitabas en mi imaginación. Entonces te llamabas Atenea. Conversabas conmigo, jugabas entre mis pensamientos y acompañabas los sueños de mi juventud. Después, la vida siguió su curso y aquella niña fue convirtiéndose, lentamente, en un sueño imposible. Creí que nunca te conocería.

Tuve que rendir muchas pruebas y pedirlo con todas mis fuerzas para que el universo me hiciera digno de ser tu padre. Y un día, una brisa susurró en mi oído y mis sentidos tuvieron que hacer silencio para entender que ya estabas acá. 

Decidiste nacer en estas circunstancias, sin riquezas que heredar y sin exigir nada, Hija de mi alma. Solo querés, solo necesitás nacer. Nacer para cambiar vidas, para cambiar destinos. Sos un ser que nace para despertar amores dormidos. Naces en un mundo al que desconcertás. Y nosotros somos caminos que vuelve a encontrarse en vos. 

Quizás, al mirar a tu alrededor, llegues a pensar que la vida te puso en desventaja, que otros tienen aquello que a vos te fue negado. Y no me refiero al mundo material, que es caduco y muchas veces apenas un disfraz que dejamos al partir. Me refiero a lo que la sociedad llama normalidad. Quiero que recuerdes algo: no siempre es más afortunado quien lo tiene todo. Porque la carencia puede despertar una fuerza que la abundancia jamás necesita conocer. Porque cuando no tenemos aquello que deseamos, descubrimos la necesidad de construirlo. Y porque, muchas veces, es precisamente esa necesidad la que nos impulsa a crecer, a evolucionar y a transformar nuestra realidad. No te conformés con el mundo que recibís, encontrá dentro de vos la fuerza para transformarlo en uno mejor.

Todo esto, hija, me resulta profundamente familiar y siento que tenemos muchas cosas en común. 

En esta etapa de mi vida, me siento fuerte, me siento preparado. Siento que he rendido todas las materias que la vida tenía reservadas para mí antes de convertirme en tu padre. Sinceramente, Francesca, ni en el mayor de mis deseos pude imaginar que Dios pudiera concederme algo así.

Venís a darnos amor, a despertar amores, a cuidar de tus hermanas y a convertirte en el motor de muchas cosas buenas que este mundo necesita.

Aquella niña que alguna vez jugaba entre los pensamientos de mi juventud, aquella Atenea que parecía destinada a vivir solamente en mi imaginación, finalmente encontró su camino hacia mí, convertida en Francesca.

Te amo.

Tu Papá


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