Mi hija hoy tiene 13 años…la misma edad que tenía mi madre cuando quedó embarazada de mí. Esa misma niña, cinco años después, se fue de esta provincia a buscar mejores oportunidades, lejos de acá. A mí me criaron mis abuelos, en un contexto humilde. De hecho, uno de los más humildes del barrio en el que crecí.
Siendo
yo todavía muy niño, mi papá —mi abuelo—, sufrió una hemiplejia que le dejó
medio cuerpo inmovilizado. Y desde ese momento, fui su ayuda…fui las partes que
él no podía mover. De él aprendí a trabajar…y a no darme por vencido por
absolutamente nada.
Mi
mamá —mi abuela—, fue una mujer de carácter…pero como suele pasar con las
personas de carácter, tenía un corazón enorme. De ella aprendí a sensibilizarme
por los demás, a estar atento, a mirar al otro…a advertir.
Fui
a la escuela pública, a la Escuela Zelada y Dávila. Antes había mucho tiempo
libre y también había organizaciones que se encargaban de ocuparlo. Fui habitué
de los centros vecinales: del barrio Antártida II, del barrio Vargas, del
Polideportivo de Vargas, el club San Lorenzo. Esos lugares, donde “jugar a la
pelota” era, en realidad, una excusa para que personas, como Esteban Barón,
eduquen y transmitan valores de forma desinteresada.
Terminé
la secundaria en el Colegio Provincial Nº2, una escuela vespertina que no tenía
edificio. Ahí aprendí a reclamar y conseguimos el edificio donde hoy funciona. Un
profesor de esa escuela de apellido Dominguez me dijo “Usted debería ser
docente”. A ese consejo se sumó un folleto de las carreras que dictaba esta
institución: el ISFD “Albino Sánchez Barros”.
Estaba
seguro a inscribirme al profesorado de Historia. Pero Mela, la bedel de
encargada de la inscripción, me convenció para estudiar Tecnología. Muchas
gracias, Mela. Con la soberbia de los 17 años, creí —equivocadamente— que la
carrera iba a ser simple. Pero tuve el privilegio de encontrarme con docentes de
un nivel extraordinario: Mercedes “Monona” Cabral Barros, “Chinona” Brizuela, Ing.
Laura Sáenz, Mónica Aballay, Ing. Eduardo Brizuela, Horacio Gallardo, Ahidé
Simone, Irma Gho y un director llamado Alejandro Navarro Santana. Injustamente olvido
a muchos otros docentes que me enseñaron hasta a escribir. Me recibí de
profesor gracias a mis compañeros: María Elena Portales y Pedro “Piri”
Martínez.
Tan
pronto comencé a trabajar, presenté una idea al Ministerio de Educación. Tuve
la suerte que una profesora que no conocía, llamada Liliana Riccioni, la
considerara y me integrara a el equipo de Susana Acosta con quien creamos el
primer portal educativo de La Rioja. En ese contexto, conocí a Javier Cobresí, el
presidente de Internet para Todos quien tenía por misión distribuir 60mil XO
del programa “JVG”. Esa tarea, no sé por qué, me la designó a mí. Después
creamos una fábrica de ensamble de componentes digitales. Organicé el primer
equipo de facilitadores TICs (lo que hoy se llaman administradores de red) con
quienes organizamos olimpiadas de programación y robótica para escuelas
primarias. Por mas ideas que fueron surgiendo viajé tres veces a China y la UBA
(Universidad de Buenos Aires) en dos oportunidades. Puedo decir que tengo
diplomas y medallas de la UBA.
Con
este breve recorrido no busco impresionar, ni conmover a nadie. Mi intención es
que sepan que este reconocimiento no es para Jorge Cabrera. Están reconociendo
a todas las personas con las he tenido la buena fortuna de cruzarme en mi vida.
Soy
un niño que ha tenido mucha suerte, un niño que vistió la ropa que les sobraban
a los vecinos, que estudió en la escuela pública con docentes comprometidos,
que creció centros vecinales y en clubes. Soy la fiesta del Día del Niño que
alguien organizó. Soy los libros que me prestaron. Soy el conocimiento y las
enseñanzas de mis docentes. Soy la generosidad de mis amigos. Soy el cariño de
mis tíos que se comportaron como hermanos mayores, soy el hermano mayor de cinco
hermanos que me esperaban como visita en una ciudad lejana.
Soy
la voluntad de mi padre, el carácter de mi madre, y sobre todo…: soy la
valentía de una niña que decidió darme la vida.
Yo
no hice otra cosa que imitar todo eso. Por eso, este reconocimiento es de ellos
y de todas las instituciones públicas y gratuitas que me formaron.
En
esas olimpiadas de programación y robótica que mencioné, participaron niños de
escuelas de diferentes contextos. Uno de esos chicos, que fue campeón en esas
olimpiadas, es hoy uno de los ingenieros que participó en el desarrollo del
robot humanoide presentado hace unas semanas acá en La Rioja.
Entonces
sí… si funciona. Doy fe de que hacer cosas por el otro es la mejor inversión
que podemos hacer como sociedad. Aunque muchas veces no sepamos para qué, aunque
no veamos los resultados inmediatos.
Eso
es lo que hacemos los docentes. Esas pequeñas acciones todos los días impactan.
Transforman. Dejan huella. Las probabilidades de que el changuito que describí
esté hablando ahora acá, en esta situación, en estas circunstancias: son
remotas. Pero los riojanos somos personas increíbles y generosas. Solo nos
tenemos a nosotros mismos. Sigamos haciendo cosas por los demás y reconozcamos
a quienes nos permiten crecer.
Querida
concejal Karina Martínez, la voy a sumar a esa lista de personas que mencioné.
Usted, sin interés alguno, sin conocer más que lo que estoy haciendo ahora y
con una generosidad enorme —y quizás un poco de exageración— creyó que yo podía
ser alguien destacado.
Para
terminar, quiero contar que cuando comencé a trabajar como docente, no podía
creer que me pagaran por hacer lo que hago. Hoy… mi sueldo ya no me genera la
misma alegría y me quedan 17 años para jubilarme. Pero aspiro pocas cosas:
-
Que mi Hija sea
la persona más feliz del mundo.
-
Que la
profesora de quien soy suplente se jubile pronto.
-
Que la IA no me
reemplace
- Y tener la
fuerza necesaria para seguir haciendo cosas que nadie me pide, por personas que
no conozco.
Nada más. Muchas gracias.

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