sábado, 2 de mayo de 2020

Crónica de un calvario

Soy el mayor de seis hermanos. Docente y emprendedor. Nací en La Rioja. Pienso vivir y criar a mi Hija acá, porque amo mi provincia.

El 20 de abril pasado falleció el padre de mis Hermanos. Vivía solo en Mar del Plata. Por este motivo el día 21 nos vimos obligados a salir de La Rioja. Hicimos mil seiscientos kilómetros sin descansar, para llegar rápido, retirar el cuerpo de la morgue y darle digna sepultura. Es importante aclarar que murió por problemas renales y cardíacos. No a causa de covid-19.



Camino de ida, atravesamos estrictos controles. Todas las ciudades y pueblos por los que hemos pasado estuvieron cerrados, aislados. Solo pudimos cargar nafta y agua caliente para prepararnos café. Además de esto, hemos tomado los recaudos conocidos para evitar el contagio de coronavirus.

Inmediatamente después del sepelio, la policía local de Mar del Plata nos exigió que nos volvamos de inmediato o nos obligaban a quedárnos a hacer cuarentena allá. Nosotros optamos por volver, a pesar de haber pasado dos noches sin descanso. De regreso, cada vez que era necesario parábamos a dormir en el auto, al costado de la ruta. Sintiendo los primeros frios de abandono que hostiga a los hijos huérfanos.

Estuvimos de vuelta en La Rioja el día 24 a las ocho de la mañana. Llegamos muy cansados. En el puesto caminero nos tomaron la temperatura, y nos pidieron que esperemos. Estábamos anciosos por llegar como mendigos que esperan en la puerta trasera de la cocina de los dichosos. 

A las doce del medio día, vino un policía en moto y nos pidió que nos dirijamos hasta la terminal de ómnibus nueva, donde nos harían más controles. Llegamos a la terminal y solamente nos tomaron la temperatura nuevamente. 

Al finalizar el control, la misma policía nos explica cómo salir de la terminal. Íbamos camino a nuestros hogares, era el último tramo de un triste cortejo de miles de kilómetros. De repente nos llaman por teléfono para avisarnos que debíamos volver de inmediato a la terminal. Regresamos y nos preguntan en tono hostil; - ¿Por qué se fugaron?-. Quedamos desconcertados. Fugarse se fugan los condenados, los que escapan a una inminente encierro. Por mas que intentamos explicar, no fuimos escuchados y nos exigieron seguir esperando hasta nuevas indicaciones.

A pesar de las súplicas de pedir que nos permitan volver a nuestros hogares, a descansar, hacer luto y consolar nuestras familias. Emocional, física y psicológicamente no estábamos en condiciones de ser encerrados. Como jueces que dictan una sentencia, nos obligan a trasladarnos a un hotel. Somos guiados por un vehículo del comité de emergencia al que le pusieron una valiza portátil tipo policial. Simbólo con el que dejan en claro quienes interpretan el papel de autoridad, quién tiene el poder de decidir la suerte de los desgraciados. 


Nos separaron y nos encerraron en dos habitaciones contiguas. Literalmente nos encerraron. Las puertas de las habitaciones son cerradas con llave por el lado de afuera y no nos permiten ni siquiera salir al pasillo del hotel. Suponen que somos un peligro mortal para la sociedad. Lo suponen solamente, porque nunca nos preguntaron si el sepelio fue multitudinario o si solo hemos sido cuatro personas que tuvimos que pedir ayuda a empleados del panteón para llevar el féretro al nicho. Tampoco les interesó saber si veníamos de una excursión turística o si en el ancho del país habíamos podido acceder a comida. Dos veces nos tomaron la temperatura, es todo lo que pudieron hacer. La posibilidad de un isopado para analizar covid siempre fue remota.

Estamos desde el 24 de abril bajo un régimen carcelario.
Encerrados en una habitación de dieciséis metros cuadrados, con una sola ventana que no se puede abrir porque está bloqueada. Hace mas de una semana que miramos la calle por entre las hendijas de las persianas, que dan a una pared y parte de la vereda del hotel. 

Quizas, ciertas comodidades pueden disimular que se trata de una privación de la libertad enrevesada por la perdida de un familiar. O que nos provean comida, quizas oculte la angustia de no poder ver a nuestras familia despues de un triste momento. Definitivamente, perder la libertad es la peor tragedia que un hombre puede vivir, porque es morir estando vivo.



Nosotros solamente queríamos volver a nuestros hogares, a descansar y superar este trágico momento que nos tocó vivir. No hemos pedido exepcionalidad ni privilegios. Solo que nos permitan aislarnos en nuestros hogares, afrontando los costos que esto implique. Como han hecho con otros ciudadanos con mejor suerte o con los contactos correctos. Ingresaron al hotel el mismo día, otros después que nosotros, y ya se fueron. O como a los que les asignaron un policía de guardia en la puerta de sus casas para garantizar que no salieran. Ofrecimos hasta hacernos cargo del costo del análisis de covid. Las probabilidades de estar enfermo son menores que la de contagiarnos dengue en esta habitación o el mismo covid. Puedo dudar de los procedimientos de ellos, como ellos dudan de mi responsabilidad. 

Nadie nos escuchó, nadie nos consideró y nos trataron como delincuentes. Y no como a los afortunados delincuentes que hoy están en sus casas con la excusa de la pandemia. 

Estamos pagando una injusta condena por cumplir con obligaciones morales impostergables en medio de una cruel realidad. Donde nos han dado muestra de la falta de criterio, sensibilidad, improvisación e ignorancia. Toda esta odisea se ha convertido en un perverso juego de concentración y abuso de poder, donde hay sometedores y victimas indefensas. Nos mostrarón sus caras reales, sin el velo de demagogia.  


Mi intensión es contar esto para que nadie mas sufra esta situación nuevamente. Que el trato social no es matemático. Que no se deben subestimar algunos puestos que deben ser ocupados por profesionales o seres humanos con tacto. Que se caractericen por la cortesía, educación y amabilidad. 


Quizas estoy exagerando. No somos tan importantes. Contemplo la posibilidad de estar equivocado y este sea un texto fruto de la acumulación de tanta amargura. Que lo juzgue quien esté leyendo esto. No guardaré resentimiento, porque prefiero llenar los espacios de mi corazón y mente, con ideas para evitar seguir avanzanado a la peor decadencia que jamás vivida.




Jorge Antonio Cabrera
DNI 29.284.475


3 de Mayo. Alguién se apiadó. Ya estamos en nuestros hogares.

lunes, 27 de abril de 2020

Guala

Sudabas lluvias de arcoiris. Las gotas fueron sembradas en suelos de cualquier lugar como en ropa modesta. Fuiste un niño envuelto en una armadura de un noble caballero. Tu escudo y espada fue el enojo compulsivo con el que intentaste vencer a los monstruos de la mediocridad y la imperfección. No supiste diferenciar fuertes de frágiles. 

Lograste domar caballos y dragones. Te hiciste amigo de las aves, las flores y pusiste banderas en lugares no conquistados. Criaste y enseñaste a volar a un gorrión, mientras creabas las mejores flores de tu vida. Antes de partir, pintaste el cielo en medio de un infierno oculto. Lamento no haberme hecho querer como correspondía. Ve en paz, tu dulcinea te espera. Hasta siempre.

 

miércoles, 15 de abril de 2020

Apocalipsis

El poder invisible de la muerte anda suelto. Sacude nuestras conciencia y nos obliga a examinar nuestras conductas. 

Los mas afortunados tienen alimentos y un techo donde guarecer con sus familias. Se ha arrasado con todo. Solo quedaron recursos básicos, lo imprescindible ahora es único. La fuerza de trabajo se conduce a lo esencial, a lo vital y a lo que realmente es necesario para otros humanos. Ese otro ha vuelto a aparecer entre las prioridades individuales. Hemos comenzado a comprender la fraternidad en su esencia. 

Las escalas de valores han emergido como titanes colosales, devorando las miserias en las que han estado sumergidos. Reviven virtudes perdidas, como la libertad de hacer por sobre la de parecer. La excelsa igualdad es iluminada por la finitud de la vida, que había sido ingenuamente despreciada y enviada a la oscuridad del olvido. El derecho y la necesidad de amar y ser amado es el único verso que reza en la constitución del inconsciente social. Caen velos que desnudan sanas, genuinas y anónimas voluntades al servicio de todos. Pero también, queda expuesta la vergonzosa incapacidad de oportunistas, pseudos líderes y de los que buscan provecho individual en esta tragedia. Ellos serán colgados en el árbol del tiempo como vergüenza pública.  

La humanidad camina por la senda que nos conduce a lo que se creía utopía. Las viejas generaciones pagan este pasaje, adelantando los tiempos de lo naturalmente irremediable.  

Ojalá sea la última lección. Después de este sacrificio tenemos una sola alternativa; ser mejores. Porque afortunadamente, el final de la humanidad como la hemos conocido, está cerca.

martes, 10 de marzo de 2020

La religión perdida - Cap 1

Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja,
26 de Febrero de 1610.

Recuerdo la maloca donde tomé prisionero al último chaman de Aimogasta. Mi memoria no olvida esa noche. La noche antes que lo mataran. Fue condenado a la hoguera porque así lo determina la inquisición española para los casos de brujería y herejía.

Estuvo dos días atado a un algarrobo que sombreaba un corral de cabras, en el campamento de olivicultores. No hacía falta atar a ese hombre octogenario, medio desnudo y lastimado que no mostró resistencia en ningún momento. Intimidaban sus casi dos metros de altura y rasgos toscos. Sin embargo, habría sido suficiente con ordenarle que no se moviera.
Victorino Peñaloza es mi nombre. Fui alfer de la unidad los Tercios Españoles. Me dieron de baja injustamente por discapacidad al perder dos dedos de la mano en la guerra de Alpujarras. Desde entonces soy maloqueador. Me fue fácil aprender de árabes y portugueses el oficio en el norte de África. Mi fama llegó a oídos de conquistadores del nuevo mundo y una oferta de doscientas mil varas de tierra y esclavos me fue propuesta por el conquistador Blas Ponce. A cambio, debía colaborar con su campaña en el sur de América, cazando esclavos. 

Zarpé de España el 26 de febrero de 1580. Desde entonces, nunca más he vuelto a ver el valle de Ebro. Al llegar a Santiago del Estero comencé de inmediato con mis tareas de encomendero. Durante veinte años administré salvajes de manera astuta, fría y cruel. Soy el único soldado que aprendió la lengua kakana. Fui felicitado y premiado. 

Luego de la fundación de esta ciudad, me pusieron al frente de una exploración hacia una zona que los nativos llamaban "pueblo de la vuelta oscura", y pronunciaban "Aimogasta". Un lugar árido pero muy fértil, apto para el cultivo de oliva. Mi misión era conseguir la mano de obra esclava necesarias para las labores de aquel emprendimiento. Maloqueábamos en la falda de los cerros cercanos. Cazábamos salvajes mansos. Eran altos y fuertes, comparables con los negros africanos que compraban los franceses a los árabes. 

En un atardecer, cabalgábamos de regreso al campamento. De repente en una loma en el valle de la paloma ("Udpinango"), se veían destellos que salían de una cueva. Me separé de la tropa y fui directo a aquel lugar. Bajé del caballo, desenfundé mi espada y me acerqué sigilosamente escondido entre arbustos. Un salvaje anciano y siete hembras estaban en pleno ritual. Bailaban y cantaban imitando sonidos de animales en medio de humo y brebajes.