domingo, 15 de abril de 2012

Don Nadie

Cuando sonó el despertador, ya estaba despierto. Con una mano detuvo la alarma del reloj y la otra la tenía estirada al espacio de la cama vacío desde hace algunos años. Se le había hecho costumbre confirmar todas las mañanas la pesadilla de haberla perdido. Se sentó a orillas de la vieja y ruidosa cama, y buscó las chancletas tanteando con sus pies. Refregó su cara con sus manos y apoyó los codos en las piernas. Mirando el suelo, dedicaba unos minutos para juntar fuerzas y levantarse. 
Eran las cinco de la madrugada y todavía el barrio dormía. El silencio a esa hora de la mañana era violado por el ladrido de un perro lejano y el paso de un colectivo de línea vacío que iniciaba puntualmente su recorrido.
Puso la pava para tomar unos mates. Destapó una jaula con una cata, la llevó al patio y la colgó en un clavo puesto en la única columna en pie de una construcción a medio hacer. Las manchas del excremento del ave llevaban años en aquella estructura de cemento, como los hierros oxidados que sobresalían entre los yuyos del patio. Le lavó el piso de la jaula, le cambio el agua y le dio un pan mojado y adobado con azúcar.
Volvió a la cocina y desenvolvió dos fetas de mortadela que habían sobrado de la noche anterior y se las dio a un perro flaco que se había instalado sin permiso. 
Su rostro siempre mantenía la misma expresión. Su ceño fruncido era mezcla de sueño, tristeza y vejes. 
Descolgó la camisa  de grafa del respaldo de la silla y se la puso. Se calzó una zapatillas viejas y rotas. Tomó dos mates y salio en su bicicleta al trabajo. 
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Cuando llegué a la obra, él ya había llegado. Desde que habíamos comenzado a trabajar en la remodelación del hogar de ancianos, siempre ataba la bicicleta en el lapacho de la puerta. Al igual que yo, era peón de albañil. Nunca hablaba con nadie. Solo obedecía las ordenes del capataz, trabajaba sin descanso hasta terminada la jornada. 
Era respetado por algunos y motivo de burlas para otros. Algunos le decía el mudo o el loco. Yo siempre lo miraba desde lejos y denotaba en su mirada una sabiduría tácita. No sé, y parecía ser víctima de una vida de mierda.
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Todas las tardes lo veía en el mismo quiosco, sentado en un banco de cemento, comiendo sándwich de fiambre y tomando vino.
Un día decidí pasar por el lugar y simular que llegaba a ese quiosco por casualidad. Él ya parecía estar borracho. Sin embargo me reconoció y me preguntó:

_ Decime, vos sos capaz de diferenciar los sueños de la realidad?. Sos capaz de decirme si este instante es un sueño o la realidad misma? Nunca haz deseado que tu vida sea un sueño del que un día quieres despertar en una realidad menos hostil?
Quedé sorprendido. Nunca había escuchado su voz y nunca había escuchado a alguien hablar con tanta firmeza, claridad y convencimiento. Me acerqué despacio, como perro al que le da de comer un desconocido. Continuó diciendo:

_ Así como el zorro, nunca dejé que me domesticaran. Sin embargo la libertad plena no existe. El amor a destiempo es la condena que cumplo en la cárcel de mis días. 
Por las noches escapo de esa cárcel. Ella aparece en la celda, me tiende una mano y me lleva a correr por el campo de los recuerdos felices. Por las noches soy prófugo de mis días, los sueños cavan el túnel por el que espero escapar y despertar con ella a mi lado.


Me miró a los ojos y me dijo:


_ Ya casi no tengo fuerzas. Me siento víctima de una secuencia de fatalidades y placeres del que no soy responsable. Quizás sean causadas por fuerzas cíclicas extrañas que se repetirán mientras haya vida. 
Vivo porque confundo los sueños con la realidad. Quién  es capaz de decirme con exactitud si la realidad es un sueño del que despertamos cuando dormimos cada noche. Mi pesadilla comienza cuando ella se va y despierto cada mañana en un sueño. Quizás por eso no me he matado todavía, porque no sé con exactitud que es real.
Se levantó, sacudió las migas, agarró la bicicleta y mientras caminaba me dijo:

_ La belleza del amor eterno dura solo un instante, pero en algún momento se convierte en una tortura infinita.


Llegó a las nueve de la noche a su casa, guardó y tapó la jaula. Se sacó la camisa, la colgó en el respaldo de la silla y se fue a dormir.
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Al otro día cuando llegué a la obra, no estaba la bicicleta atada en el lapacho. Su ausencia extrañó a muchos.
Una semana después el capataz nos contó que la policía lo había encontrado muerto en su cama.
Tal vez esa misma noche mientras soñaba o mientras vivía, decidió irse con ella para siempre. 


FIN


El Escribidor



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Don Nadie por Jorge Antonio Cabrera se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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